Hace años había una canción de esas tontorronas que competían para conseguir el dudoso honor de ser "la canción del verano". Su estribillo decía algo así como: El verano ya llegó, ya llegó, ya llegó. Durante el paseo que he dado con unos amigos este fin de semana he sido plenamente consciente de lo contrario: El verano terminó, terminó, terminó. Oficialmente lo había hecho el 23 de septiembre (hace 10 días) pero las cosas no terminan cuando oficialmente lo hacen sino cuando uno se da cuenta de ello.
35 días de trabajo han sido suficientes para hacerme olvidar el de dónde vengo (un mes de vacaciones) y obligarme a pensar en el dónde estoy (once meses seguidos de trabajo si tengo la suerte de no perderlo). Los recuerdos del viaje a Irlanda (la guinda de unas estupendas vacaciones) se empiezan a desdibujar como si se cerrara sobre ellos la niebla. Queda además la prueba definitiva. Cuando te alejas de la ciudad descubres que el ciclo de las estaciones avanza inexorable. El cielo se cubre de nubes con mucha frecuencia, la luz del sol nos deja un poco antes cada día y los árboles empiezan ya, en un proceso sin retorno, a cambiar el color de sus hojas o a perderlas definitivamente.
